domingo, 22 de febrero de 2009

La segunda edad media


Comentando con amigos y compañeros la inminente involución social y la catástrofe que se avecina, todos, sin excepción, me tranquilizan de la misma manera: “ya inventarán algo”. Si hubiera algo que inventar, ¿no estaría ya en el mercado, compitiendo con la tecnología actual? ¿Desarrollándose? ¿Ofreciéndose como alternativa? ¿No habrá acaso centenares de equipos de trabajo en todo el mundo buscando alternativas?

En los cinco meses que llevamos –cuando escribo esto- el barril de petróleo ha subido un 33% y, esto no es nada. Las sociedades emergentes de las grandes potencias amagadas, multitudinarias, superpobladas, populosas, incipientes, se están desarrollando a un ritmo que cuadruplica a la sociedad tradicionalmente avanzada: la occidental. Si hoy en China, por ejemplo, podemos estimar una población de 300 millones de personas que, encajarían en la clase media europea y que, han abandonado su tradicional medio de locomoción (la bicicleta), por un utilitario; si podemos ver cómo occidente hace ya años que produce tecnología e infraestructuras para oriente; como crecen en puentes, autopistas, ferrocarriles, ¿qué nos hace pensar que eso parará? ¿No es acaso razonable pensar que China, India y algún otro país con potencial de desarrollo llegarán a consumir tantos recursos naturales como occidente? Y, con la población que estos países poseen hoy en día y que crecerá imparable a pesar de las políticas de contención demográfica, debido fundamentalmente a una mejora sanitaria y de condiciones higiénicas, ¿no es razonable pensar que nos superarán en el consumo de materias primas en un plazo corto de tiempo?

Ya hace años que no se encuentran nuevos yacimientos que nos abastezcan. Las inversiones en búsqueda de nuevos pozos petrolíferos han descendido porque no hay dónde buscar. Sólo queda un lugar en el mundo, respetado de momento, en el que a no mucho tardar se le hincará el diente: los polos. Cuando los precios se disparen hasta multiplicarse por diez, cuando los recursos se agoten, cuando queramos seguir llenando el depósito porque hemos comprado la casa a cincuenta kilómetros de nuestro trabajo y hemos de ir todos los días; entonces, ya no parecerá un disparate perforar los casquetes polares en búsqueda de petróleo: y, se encontrará; habrá recursos para una nueva temporada; quizá treinta o cincuenta años más, ¿quién sabe? Entonces, y hablo de cien años o menos, ¿qué ocurrirá? Todos los que confían en la ciencia, no piensan en que no es sólo el combustible lo que se utiliza del petróleo: vivimos rodeados de petróleo. Cuando las materias primas sean otras, todo encarecerá: el petróleo es –hoy- barato.

Los juguetes que se ven en las ferias del automóvil: vehículos de baterías, de hidrógeno, de aire comprimido… ¿Alguien imagina un avión de aire comprimido? ¿Un barco a baterías? No sólo son automóviles y motocicletas lo que hay que mover: está lleno de transportes necesarios; más incluso que el nuestro. El transporte de mercancías vivirá una época extraña, ¿cómo llegarán las materias primas de una punta a otra del mundo? ¿Quizá en veleros?

No hay alternativa; hoy no la hay. Quemar recursos que se encuentran en el subsuelo es barato; mientras abunden al menos; cuando haya que producir el combustible dejará de serlo. ¿Se puede producir un combustible? La reacción química se duplica: hemos de quemar un producto que previamente ha sido fabricado: ¿es eso rentable? ¿Puede llegar a serlo? Parece que no. El proceso de generación de hidrógeno para los cohetes es carísimo en proporción a la energía que se obtiene. Eso es sostenible cuando se trata de misiones espaciales pero, ¿para mover una motocicleta? Además, es un combustible peligroso: ¿qué ocurrirá en la colisión de dos automóviles movidos por hidrógeno?

Las cosas se ponen feas: mover un barco de alto tonelaje, levantar un avión del suelo, requieren mucho combustible y, no hay alternativa. Las energías renovables producen cantidades irrisorias de potencia; nada que hacer. El fin del transporte mundial está cerca: a unas décadas, quizá una centuria, no más. Viviremos una nueva era de incomunicación, una nueva era en que viajar a un país vecino será cosa de aventureros, no del común mortal. El escaso combustible que haya a precio carísimo será para los gobiernos, para los transportes públicos y, eso mientras dure que, también acabará. Se volverá al ferrocarril que, tiene fuentes varias de energía y, en caso de ponerse muy negro se puede volver al vapor: carbón hay, al menos para unos miles de años; o, eso dicen. Al ritmo actual de consumo, parece que la reserva carbonífera es la única solución, pero claro, sólo sirve para este tipo de trasportes, un vehículo personal no parece concebido para este combustible.

La producción eléctrica aún aguantará: dispone de alternativas. Además de poder sustituir el petróleo por uranio de momento, ya que las reservas de uranio son más pequeñas aún que las de petróleo, se puede recurrir de nuevo al carbón que, hoy por hoy, es la única alternativa seria al petróleo. Aunque todo tenga un fin, pero ya… más lejano.

Entonces, cuando no podamos movernos de un radio muy pequeño de nuestro hogar; cuando los trabajos hayan cambiado tanto debido a la falta de movilidad; cuando no podamos comer lo que comemos hoy en día que, procede en muchos casos de otros continentes, cuando nuestra relación con el mundo lejano se resuma a la televisión, a internet, al teléfono, cuando todo sea diferente, volveremos a la naturaleza, a nuestros orígenes, al campo, a los animales, al auto-abastecimiento, casi a la supervivencia. La vuelta al mundo rural. La segunda edad media.

Pau Arenós respeta los límites de velocidad


El señor Arenós es un columnista de tercera fila, del Periódico de Cataluña que, escribe esos artículos sin ninguna importancia y, que no interesan a nadie en la contraportada de este diario que, con prepotencia se autodenomina "El Periódico"; ya, en más pequeñito, casi invisible dice "...de Cataluña".

Leo hoy a Don Pau en su columna un comentario sobre los conductores que se titula "Canallas en la autopista". Resulta que sin saberlo soy un canalla, además, soy un ruín, miserable, menospreciable y un sinvergüenza. Todos estos calificativos tan enjundiosos no se refieren sólo a mi, no, se refieren a todos los que no soportamos a la multitud de Arenosos que hay en la carretera y que deciden "motu proprio" que hoy toca no pasar de 80 en la vía o de 90 o de lo que toque. Siempre me pregunto si los pone tráfico. Pero él dice que va por el carril de la izquierda y no se le cae la cara de vergüenza al decirlo.

Entendamos entonces que, según los Arenosos (club de seguidores del Sr. Arenós), sobrepasar en 5 la velocidad máxima permitida es poner en riesgo la vida de no sé cuánta gente ennumera en su columnita; porque, evidentemente, si han puesto esa señal de prohibición, es que no se puede pasar y sería de suicidas y homicidas sobrepasarla ni un poquito. Él (ellos) van a esa velocidad que indica la señal como buenos ciudadanos, responsables y respetuosos con las normas de tráfico.

Acaso, la misma normativa de tráfico que no permite sobrepasar las velocidades que figuran entre los cartelitos rojos redondos, ¿no nos dice que está prohibido circular por la izquierda ? Pues se ve, que esa norma a los Arenosos no les parece tan importante: esa se la pueden pasar por el forro. No debe de ser una irresponsabilidad, ni una imprudencia, ni debe ser irrespetuoso ir bloqueando un carril. Eso no. Ya van al máximo permitido, qué más da que se salten alguna otra norma.

Acaso los que vamos detrás -imprudentes-, no perdemos los nervios cuando vemos a un zote de este calibre que circula según le parece y, no siempre a la velocidad de los letreritos, si no que a veces a una considerablemente menor. ¿No es un peligro para mi que un mamarracho que no sabe conducir, o no le apetece cambiar de carril me ponga los nervios en tensión? ¿No afecta eso a mi seguridad, a la de él, a la de todos? ¿a la de los niños como él berrea en su artículo de manera demagógica?

Está claro, se ve que hay normas más imoprtantes y otras menos. Algunas afectan a la seguridad de los niños y otras parece que no.

FALSO. Simplemente el señor Arenós -y sus seguidores- no sabe conducir. Cambiar de carril es costoso, hay que mirar por los retrovisores, buscar el hueco, acelerar, entrar, reducir, volver al carril original... mucho trabajo para los Arenos que, ha de poner en prueba su pericia al volante cada vez que adelanta. Mucho más cómodo circular por la izquierda y que los demás temerarios me adelanten como puedan. ¡Qué irresponsables! Sí, pero ¿los otros o los Arenosos?

Conciencia vs consciencia


Hasta ayer, y digo ayer por recientemente, en cualquier medio los redactores distinguían perfectamente entre ambas palabras, tan parecidas, pero a las que dábamos significados o al menos matices diferentes. Pero leo en el diccionario de la Real Academia Española que, consciencia es igual a conciencia. Con esta afirmación cualquier confuso puede justificarse alegando, como alega un amigo mío que dice "asín", que la Real Academia lo sanciona.

Pero, como a mi me enseñaron, la conciencia es un pensamiento profundo, ligadísimo a la ética; que nos hace diferenciar la bondad de la maldad, lo bondadoso de lo pernicioso. Nos remuerde, decimos, cuando creemos haber obrado mal o no hemos hecho todo lo correcto. La tenemos tranquila cuando ayudamos y cuando aconsejamos de buena fe. Es una palabra casi espiritual, de nuestro más profundo ser. Un vocablo que nos diferencia del resto de los habitantes del planeta.

La consciencia la pierde un mono si se le golpea en la cabeza con un palo bastante gordo. Y los seres humanos también. Si uno sufre un accidente, o ingiere según qué fármacos, se le somete a electroshocks, padece dolores intensos, o quién sabe de qué otras maneras. De todas esas formas uno cae en la inconsciencia, es decir, pierde el sentido. Pero un sentido físico, de la realidad que le rodea, pierde el conocimiento de quién es, de dónde está: sencillamente, duerme. Un sueño que no es el reparador nocturno, pero sueño al fin y al cabo.

Nada parece tener que ver una cosa con la otra, sin embargo, cada día oigo y leo varias veces el mismo embrollo: Fulanito tuvo un desvanecimiento y perdió la conciencia. Poca tendría, supongo, si la perdió de esa manera.

Las nuevas naciones españolas


A raíz del estatuto de Cataluña, vemos cómo poco a poco todas las regiones se definen como naciones de formas más o menos rocambolescas. Pero, ¿acaso no tienen derecho?, ¿qué tiene de histórico Cataluña que no tenga Andalucía, Navarra, Castilla, o la provincia de León?. Incluso podríamos decir que algunas Comunidades Autónomas tienen más historia identitaria que las tan ranombradas catalana y vasca. Así por ejemplo el Reino de Asturias data del siglo VIII y el Reino de Navarra del s. XI igual que el Reino de Aragón que incluye Cataluña. Pero incluso antes, Andalucía ya estaba estructurada primero como provincia y luego como Estado. Incluso antes, Toledo formaba reino visigótico: Así pues, qué privilegio tiene la Comunidad Vasca que jamás ha sido Reino ni Estado independiente y, en un principio ni siquiera formaba parte de Navarra, ya que, el Reino de Asturias llegaba a Bilbao; o, la Comunidad Catalana que tampoco ha sido entidad independiente de España y, se desligó del Reino de Aragón hace menos de tres siglos. ¿De qué derechos históricos se habla?, ¿De qué identidad? ¿Es un idioma o dialecto suficiente para tener identidad diferente?. Pero aún en el caso de que hubiera identidades diferentes entre Cataluña y sus vecinos aragoneses por ejemplo; ¿es factible pensar que entre aragoneses y extremeños hay una sintonía y hermandad perfecta?. A poco que se viaje por España se puede comprobar que cada cien kilómetros (es un decir) cambian las personas, también su forma de hablar, su comportamiento, su carácter, incluso su cultura. Por tanto, todas las autonomías e, incluso dentro de ellas algunos pueblos, son ligeramente o notoriamente diferentes... pero no tanto. ¿Somos cada región, cada comarca, cada municipio una Nación?. Quizá somos todos de una misma Nación variopinta, como Italia, o Francia, o Gran Bretaña. ¿O alguien piensa que los demás países son monocolor, homogéneos y uniformados?

miércoles, 22 de noviembre de 2006

Un kilo de naranjas más un limón


La sensación de abuso e, incluso de estafa, cada día merodea sobre mi, como buitre hambriento: no hay día que no tenga la sensación de que intentan timarme en cada compra que hago.

Conseguir acabar el día con la mente tranquila, el cuerpo relajado y en paz con uno mismo es difícil, mucho. Aunque hay días que me prometo verlo todo de color de rosa, creer que la gente es buena y que no intentan aprovecharse de mi a cada paso que doy, es costoso y dificultoso mantener la serenidad cuando uno sabe que está siendo víctima de un abuso, cuando se siente engañado y manipulado.

Ayer, sin ir más lejos, salí de casa cabreado, antes de firmar el contrato que me vinculaba a una caja de ahorros durante los próximos lustros. Ayer, entonces, fue una excepción: porque normalmente me doy cuenta del abuso cuando me lo están haciendo, pero en este caso, lo sabía de antemano. Compañeros de trabajo y amigos ya habían sido víctimas por lo que yo iba prevenido.

De nada sirve ir advertido, porque el enfado, el mal humor para todo el día, el sueño trastocado, no lo arregla nadie. Pero como yo soy revoltoso, garantizo que no sólo soy yo el que duerme mal ese día: el oponente duerme pero. Digo oponente porque es lo que parece. En lugar de ser un contratante (de la primera parte o de la segunda parte como diría Groucho Marx) parece el enemigo.

Voy al ejemplo sin más demora. Resulta que el contrato que yo pretendía con esta caja de ahorros, era un préstamo para comprar un piso. Como el banco no se fía un pelo de mi -ni tiene porqué- pues me propone que la garantía de devolución del préstamo sea el propio bien adquirido: el apartamento. Entonces, el contrato se convierte en hipotecario. Me prestan dinero, pero yo respondo con mi piso de la devolución. Conforme. Es normal que la caja de ahorros desconfíe: es un negocio (disfrazado a veces de beneficencia: sacan a chicos minusválidos jugando a no sé qué. Pobres, ¿qué sería de ellos sin estas cajas?).

Costó una o dos semanas que aceptaran el riesgo que conlleva prestar tantos euros a un pobre hombre como yo. Comité de valoración creo que llamó al grupúsculo de personas que me juzgaron; a las que hube de presentar mis miserias: léase nómina, declaración de I.R.P.F. y recibos de otros préstamos.

Al recibir el "placet" de la entidad, acudí a la firma del producto solicitado: el préstamo hipotecario. Ya quedaba poco para la firma de la escritura. Al ir a firmar, la empleada, me dice que además del préstamo, he de adquirir una libreta de la caja: razonable, entiendo que los pagos se hagan a una libreta de la propia entidad y no pongo pegas. Además, he de contratar una tarjeta de crédito, una de débito para mi y, otras dos para mi mujer. ¿Qué?, tengo tarjetas varias y no quiero ninguna más. La empleada se molesta, es normal contratar estos productos en una negociación de una hipoteca -me dice-. ¿Qué negociación? Si las condiciones las pone la caja. Si no ha modificado un ápice su planteamiento inicial. No sólo eso, si no que también he de suscribir un seguro para el piso con ellos. El seguro de incencios es obligatorio, pero lo que me pretenden hacer firmar lleva seguro en viaje (¿?), seguro de robo (¿de las vigas?, ¡si está vació!) y otras coberturas parecidas. Me pongo farruco, la chica de la oficina se molesta. Después de una acalorada discusión me ofrece que sólo uno contrate las tarjetas y que el seguro lo puedo hacer en otro sitio. Como las tarjetas en total son 24€ y las daré de baja en cuanto pueda, acabo tragando. ¡Qué remedio! ya no tengo tiempo para buscar otra cosa, la semana que viene escrituro.

Pero, no acaba ahí. A la hora de firmar, uno de los papeles que se ponen en la montaña de "firmables" es mi cesión de datos a la caja de ahorros para que hagan con ellos literalemente lo que les venga en gana. No estoy ya de humor y consiento. Agotador.

Quizá algún día, cuando vaya a la frutería, el frutero me diga que si quiero comprar un kilo de naranjas, he de llevar también un limón, y si no, nada de nada. O el peluquero se empeñe en teñirme de rojo si quiero cortar el pelo. ¡Pero si es lo normal, todo el mundo se deja teñir cuando los pelo! Y sólo cuesta unos pocos euros más. Sí, pero yo sólo quiero las naranjas.

Jesús Infiesta Saborit.

martes, 14 de noviembre de 2006

Las nuevas palabras de la RAE


La RAE tradicionalmente anquilosada y oxidada, reflejo del funcioamiento de las instituciones de otras épocas, se apresura ahora a sancionar palabras de recientísima creación o importación intentando limpiar esa imagen pero cayendo ahora en nuevos y no menos graves errores.

No hace muchos años encontrar algunas palabras de uso común en los diccionarios de la institución era imposible. Cuando uno intentaba dilucidar si estaba escribiendo correctamente según qué términos, se encontraba con que no tenía respuesta oficial. Y digo oficial, dando a la Academia el rango de certificador de una lengua viva, y muy viva; cosa realmente imposible. ¿Cómo un grupo de ñoños, ancianos, dudosamente eruditos y cualificados pueden tener la capacidad de decidir qué está bien y qué está mal en un idioma

Siempre es preferible errar por no registrar apresuradamente que acuñar como español términos que llevan diez minutos en el idioma. Un claro ejemplo es cayuco. Hasta el año pasado los magrebís (magrebíes se dice ahora según la RAE) llegaban a España en patera. Término casi desconocido para la mayoría de los hispano-hablantes (así me enseñaron a escribir palabras compuestas: con un guión en medio). Más extraño era aún ver que, cuando los moros se bajaban del engendro llamado patera, para nosotros era una barca. Pero bueno, ahí se quedó la palabra que ya era antigua en la lengua y de puro antiguo, olvidada por la mayoría. Pero, hete aquí, que desde este verano (poco más), los negros (subsaharianos creo que se llama a la raza ahora) llegan en cayucos. Pues no ha tardado ni seis meses en registrarse la palabreja, cuando hasta hace unos lustros hacía falta que una palabra enraizara durante décadas para ser considerada española.

Es la nueva moda y, la nueva onda que dicen los hispano-americanos (que ahora son latinoamericanos, ¿cuándo fueron los generales y sus centuriones romanos a conquistar a los mayas, aztecas y demás oriundos americanos

Yo que, siempre aborrecía del organismo catalán que inventa día a día ese idioma que, parece haber acuñado más palabras desde su invención en los ochenta, que en toda su historia desde que nació romance. Organismo que desconozco cómo se llama, pero que será algo como bla ,bla, bla, de cataluña y que ridiculiza permanentemente a este tipo de instituciones con creaciones monstruosas, pero que se difunden por los medios de comunicación de la fación y rápidamente cuajan impartidos en colegios como si se tratase de vocablos de toda la vida.

Pues resulta que ahora, esa fiebre inventiva, esa prisa por adaptar lo efímero, se ha contagiado a la anciana institución española que, además, intentando hacer hermandad con países que están a miles de kilómetros y, en su día hablaron como nosotros, nos imponen ahora que "cómo, cuándo y dónde" son llanas que no se acentúan más que cuando hay posibilidad de confusión. Antes todos sabíamos que había que acentuarlas cuando eran interrogativas. Es algo que puedes hacer sobre la marcha, sabes que haces una pregunta y acentúas. Pero ahora escribes, luego repasas la oración a ver si hay posibilidad de confusión y he de acentuar. Fuerte majadería. Pero puestos a inventar, inventan. Puestos a confraternizar, pues registramos palabras que no sabemos ni qué son ni de dónde vienen, pero que una tribu del Perú más remoto utiliza y ha de salir en el diccionario de la RAE. ¡Cuánto vocabulario tiene el español! Pero cuánto inútil. Cuánto vanal.

Jesús Infiesta Saborit.

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